Jesús 的个人资料El maravilloso mundo del...照片日志列表更多 ![]() | 帮助 |
|
5月1日 Chiribitas Begin (I)Hoy, ya que estáis todos que no cagáis con el Profesor Chiribitas, vamos a contar su origen, los caminos del destino que le han llevado a escribir en esta mierda de blog.
Él nunca quiso que publicara todos y cada uno de los vergonzantes detalles de su carrera, pero como soy así de malvado allá voy: La noche del 43 de Mayo de 1956 llaman a la puerta de la casa de una humilde familia de Villaluenga del Rosario.
Cuando el cabeza de familia abre la puerta y ve a un individuo alejándose corriendo de allí, se apresura a salir de la casa y dirigirse al corral donde tiene la escopeta. Desgraciadamente tropieza con algo que había en el rellano y cae al suelo. El objeto que provocó su caída tiene peor suerte y sale rodando por la pronunciada pendiente que tiene el camino hacia la casa, golpea a una roca con forma de trampolín, describe en el aire una parábola (se escucha una voz de fondo que dice "pues es una parábola muy bonita... muy... parábola, en una parábola, quiero decir, en una palabra") y cae a uno de los muchos precipicios que tiene este bello pueblo de la serranía de Cádiz. 237 metros de caída libre. Libre de posibilidades de sobrevivir, me refiero. A la mañana siguiente el buen hombre, escopeta en mano y vendaje en rodilla, baja por la montaña con objeto de ver el objeto que fue objeto de aquella caída. Cuál fue su sorpresa (no lo sabemos porque nunca se lo preguntamos) al comprobar que lo que cayó rodando la noche anterior era una cestita de mimbre de esas que uno usa siempre para dejar bebés en las puertas de las casas.
Alarmado y temiendo lo peor, el hombre dio la vuelta a la cesta y... sus temores se cumplen: no hay ningún bebé muerto dentro, otro día que su familia tendrá que comer sopa de caldo de rata y un chorrito de limón. Ratas en el ático
Esa noche vuelven a llamar a la puerta. Esta vez, el padre de familia se fija bien en lo que hay en el suelo cuando abre: una cestita de mimbre vacía. La coge y cierra la puerta.
La madre se la pide y empieza a pensar en darle alguna utilidad doméstica: guardar los útiles de costura, la ropa sucia, las ratas... Finalmente pone cara de haber tomado una decisión, le echa un chorrito de limón y la reparte equitativamente en los platos del comedor entre los miembros de la familia. Esta escena vuelve a repetirse la noche siguiente punto por punto: toc-toc, cestita vacía, chorrito de limón, encías sangrando.
Y la siguiente, y la otra, y la otra, y la otra... Tanto es así que la familia termina acostumbrándose a esta extraña rutina hasta el punto de que la madre ya no llama a sus hijos con el grito de "a cenaaaar" sino con el de "a cestaaaar".
Pronto, las cestas empezaron a llegar ya con un limón incluido por lo que la economía familiar levantó algo el vuelo. Con el dinero que se ahorraban en limones podían ahora comprar ratas de más calidad, incluso algún que otro hámster, y para la cena de Navidad, la madre sorprendió a su progenie con un cobaya.
Aquella fue una de la noches más felices de aquella familia que vivía en aquel pueblo y que recibía todas las noches aquellas cestitas. Incluso el padre, por lo general taciturno y severo, obsequió a todos con el siguiente chascarrillo: "Vaya, esta noche se podría decir que hemos recibido una cesta de Navidad" y el ingenioso comentario fue ampliamente celebrado por sus hijos. Era pleno Agosto cuando un hermano le decía al otro en voz baja desde su cama: "¿Te acuerdas de cuando padre dijo lo de la cesta de Navidad?" y volvían las risas. Y unos minutos después volvían también los azotes con la vara de abedul del padre por no estar en la cama durmiendo. Pero aquel chiste hacía tanta gracia a los infantes que aún entre muecas de dolor por los azotes, reían sin parar. Tanto que el padre, mientras tomaba aliento, también reía. Luego reanudaba sus esfuerzos con la vara con más ímpetu si cabe. Y la madre observaba la tierna escena doméstica desde el marco de la puerta y reía también. Qué amarillo era mi limón
Pasaron los meses y la familia podía por fin usar la despensa (que los niños llamaban, con cierto temor reverencial, "el vacío") para almacenar las cestitas que sobraban, pues, según el progenitor, había que ahorrar con vistas a los malos tiempos.
"Ahora comemos hámster casi todos los días y vuestra madre está pensando en comprar un gato para la Navidad, pero, hijos míos, acordaos de cuando no teníamos techo, porque tuvimos que comérnoslo. Y cuando vuestra madre y yo os estuvimos echando chorritos de limón en la cabeza durante una temporada. Y cuando casi se os encangrenan los muslos porque os cortábamos una lonchita. Esos malos tiempos pueden volver." Los niños asentían con la cabeza y se tocaban los muslos con expresión triste y alguno siempre decía "por eso no puedo correr..." El padre sonreía y les alborotaba el pelo. Después les daba unos cuantos azotes con su "varita mágica" y les dejaba que salieran a jugar 5 minutitos al campo, antes de volver a engancharles el arado en la boca para continuar la dura labor agrícola.
Por fin, la provisión de cestitas fue tan grande, que el padre decidió al levantarse que, ya que era sábado, tras todas sus obligaciones diarias (pegar a la mujer, pegar a los hijos, pegar a la mujer y pegar a los hijos), iría al mercado del pueblo a vender las cestitas.
La jornada fue un éxito y vendió carísimas todas las cestitas, pero volvió a casa tan pobre como se fue. Y es que por el camino se detuvo en el taberna para descansar y disfrutar del dinero merecidamente ganado. Y esto se repitió cada semana. Sin embargo, a veces, la madre encontraba en los bolsillos de su marido alguna que otra moneda que había quedado sin cambiar por vino. Y las fue guardando en el único sitio donde sabía que el marido no buscaría: debajo del jabón.
Pena y hambre en Las Vegas
Cuando hubo reunido bastantes se las mostró con aire triunfal a su hombre, y le dijo que ahora que tenían dinero y que el negocio de las cestitas marchaba bien tal vez sería buen momento para tener otro hijo, pues la mujer ya no recordaba el color de piel de su marido debajo de la ropa. El marido aceptó y aquella noche la mujer gozó de 4 minutos de sexo con olor a cabrilla, a vino y algún otro que ni siquiera logró identificar. Acto seguido el marido se marchó con el dinero con un ya tradicional "me voy a taberna". Durante los 9 meses siguientes la mujer recibió el doble de palizas pues "ahora tenía que recibir por dos", según su marido.
Inexplicablemente, nació un precioso niño sano. Bueno, todo lo sano que puede nacer un niño enmedio de la pocilga y con las ratas olisqueándole. Aquel niño tenía una mirada inteligente que parecía trascender aquel miserable entorno. Sus ojos hacían chiribitas mientras observaba a los puercos revolcándose en su propia mierda. Al ver esto, la madre gritó "¡Ya sé cómo te llamaré! (Continuará) 评论 (19)
引用通告 (8)此日志的引用通告 URL 是: http://krac79.spaces.live.com/blog/cns!5939273E23106E42!400.trak 引用此项的网络日志
|
|
|