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July 04 El elefantito púrpuraEl mosquito no paraba de levantar una de sus patitas, mientras seguía subiendo por la pared. Daba un paso, levantaba la pata, daba otro paso, la levantaba otra vez...
Esto era lo más entretenido que el pequeño elefante púrpura había visto en horas, así que se concentró en el insecto y trató de descubrir por qué levantaba la pata con tanta frecuencia. La única teoría que permaneció en su mente más de un minuto fue que el mosquito tenía la pata mojada (lo cual era posible, puesto que estaban en una bañera) y se la estaba secando con el movimiento. Él también estaba algo húmedo, pero no tenía mucho espacio para moverse; de hecho, parte de sus patas quedaban fuera de la cornisa y el aire frío de la noche helaba sus grandes (comparadas con su pequeño cuerpo) orejas. Aún así, trató de no moverse mucho, pues perdería el equilibrio inevitablemente y caería a la bañera, muchas trompas de elefante más abajo.
Él no podía morir, pero resultaba muy molesto caer al agua: ¡estaría días mojado hasta que su blando cuerpo se secara! El pensamiento le hizo tiritar y se alegró de que el viento fresco estuviera secándole.
¡Un momento! Tal vez el mosquito estuviera haciendo gimnasia. Había visto muchas veces a B levantando sus piernas del mismo modo que el mosquito estaba haciendo. El elefante púrpura y todos los demás Amigos siempre observaban con interés y curiosidad los esforzados movimientos que los Grandes solían efectuar. Y como todos, el elefante púrpura les imitó durante un rato hasta que comprendió que no tenía ninguna utilidad para un ser como él. Precisamente fue la gimnasia la que le trajo a esta lamentable situación: B le cogió para que le hiciera compañía al ducharse y lo colocó donde está ahora. Y después se olvidó de él. Se fue a dormir y le dejó en esta tesitura.
"¿Y qué harás ahora, trompa enganchada?", se decía el elefantito púrpura. "Trompa enganchada" es una expresión traducida literalmente del elefantés que significa más o menos "torpe". El elefante, aburrido, se puso a cantar:
Más allá del prado plano
Más allá del mar sin agua hay un lugar sagrado donde vivir con calma Calor y diversión
los Amigos siempre están blando como mi corazón sin polvo ni suciedad Más allá del prado plano
Más allá del mar sin agua hay un lugar sagrado donde vivir con calma Nada puntiagudo
ni animales fieros sólo un conejo lanudo que siempre dice "te quiero" Más allá del prado plano
Más allá del mar sin agua hay un lugar sagrado donde vivir con calma El lugar es azul
y no existen los insectos ¡Puedes venir tú! no hay ningún objeto recto El elefante púrpura empezó a bailar, al tiempo que arremetía otra vez con el estribillo, y olvidó que estaba en una cornisa. Afortunadamente, pudo mantener el equilibrio, pero decidió dejar la interpretación de las 37 estrofas restantes para otro momento.
¿Es posible que el mosquito estuviera bailando? Si era así, se trataba de un baile muy monótono; siempre levantando la misma pata, y además sin ningún sentido del ritmo. Nuestro blando amigo deseó saber un poco más sobre las costumbres de los mosquitos. Es una lástima que no pueda oirnos porque ahora mismo vamos a hablar sobre estos curiosos insectos. Los mosquitos son unos seres muy respetuosos y muy tímidos, en contra de lo que la mayoría cree. Si alguna vez te ha molestado un mosquito zumbando a tu alrededor, no lo atribuyas a su maldad, sino a lo que ellos llaman "el ritual de la alegría". Éste consiste en una danza y un zumbido con el que piden permiso al "Nuevo Amigo Eterno" para que les proporcione la sangre que necesitan. A cambio, los mosquitos le dejan un dulce néctar que provoca una bonita montañita en la piel y el llamado "picor del eterno agradecimiento". Desgraciadamente, el picor no es eterno y al cabo de unos días desaparece, con lo que el agradable recuerdo de nuestro querido mosquito se diluye.
Los mosquitos se enorgullecen de su comportamiento contrario al de las temidas "avispas". Las avispas tampoco son malas por naturaleza, pero son muy cascarrabias y un poco egoístas. Durante la primavera y el verano aparecen por estas tierras y se creen con derecho a todo debido a lo que llaman "la filosofía del momento". Piensan que los demás seres han tenido el otoño y el invierno para disfrutar y que ahora les toca a ellas. "Es nuestro momento", diría cualquier avispa orgullosa de serlo y soltaría después una risilla contagiosa.
El elefantito púrpura había visto una vez a una avispa. Había entrado por la ventana y se había dedicado a volar por la habitación con esa elegancia con la que vuelan las avispas, como si estuvieran bailando un vals. Se posó cerca del ojo del Limón, que se quedó muy quieto, incluso mucho después de que la avispa se hubiera marchado. El elefantito y algunos pequeños Amigos le preguntaron qué sintió, pero resultó que el Limón estaba durmiendo y que no se dio cuenta de nada. Cuando le contaron que una avispa se había posado sobre él se hinchó y se deshinchó varias veces, del miedo que tenía. El elefantito aprendió aquel día que las cosas no son malas o buenas, terribles o agradables, intrínsecamente, sino que dependen del estado en el que las recibamos.
Con ese pensamiento en su mente, el elefantito se enfrentó nuevamente a la situación, intentando encontrar un estado de ánimo en el que, aunque no disfrutara de ello, al menos no le fuera tan desagradable seguir allí, en aquella cornisa con varios litros de amenazante agua más abajo.
Se dedicó a contemplar el agua que tanto temía. El viento la movía muy ligeramente, creando tenues ondas que chocaban con la paredes de la bañera. Se fijó también en las pompas que el jabón había creado en la superficie. Había una muy grande y el elefantito pudo verse a sí mismo reflejado en ella, pero grotescamente deformado. Aquello le pareció divertido y alzó la trompa hacia arriba. Después cogió aire y sopló e hizo que al agua se moviera más violentamente y la gran pompa explotó y parecía que nunca había existido. Pero el elefantito sabía que sí había existido y que era muy bonita.
De repente, se descubrió a sí mismo disfrutando con el agua y, aunque seguía sin querer mojarse, se estaba divirtiendo. Y el motivo de su diversión era algo a lo que había tenido miedo anteriormente. Entonces alzó la vista y vio al mosquito levantar la pata nuevamente (¡ya lo había olvidado!) y el elefantito tuvo una súbita inspiración. Él también levantó la pata mirando al mosquito y éste emprendió el vuelo y llegó hasta donde estaba nuestro amigo, dando algunas alegres piruetas en el aire. El elefantito púrpura comprendió. El tímido mosquito sólo trataba de saludarle. Cuando llegó volando, le cedió un poco de sitio en la cornisa (no mucho, pues los mosquitos suelen ser pequeños) y el mosquito se posó a su lado.
Los mosquitos no hablan, pero hizo compañía al elefantito hasta el amanecer, cuando los Grandes le recogieron y le dejaron para que descansara en el cojín más cómodo de toda la habitación. Dulces sueños. Comments (6)
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